viernes, 13 de marzo de 2026

La rebeldía de "La Tusa": Justicia, Identidad y Resistencia en 1934.


 La rebeldía de "La Tusa": Justicia, Identidad y Resistencia en 1934. 

En este Mes de la Mujer, quiero rescatar del archivo una imagen que condensa la intersección entre la represión estatal y la resistencia de las mujeres que la historia oficial suele omitir.Este es un documento fascinante. Se trata de un reportaje del diario "Ahora", publicado originalmente el 13 de diciembre de 1934. El texto narra el Consejo de Guerra contra **Catalina Junquera y Valencia**, conocida como "La Tusa" (o "La Juncá" según algunas erratas del texto), una joven de 17 años acusada de complicidad en los sucesos revolucionarios de octubre de 1934 en Sevilla.

El caso se enmarca en la represión posterior a la Revolución de Octubre de 1934. Bajo el "estado de guerra", civiles eran juzgados por tribunales militares. Lo que hace especial este recorte es la desproporción: un aparato militar imponente (generales, fiscales y un Consejo de Guerra) para juzgar a una menor de edad por la posesión de una pistola que, según la defensa, ella simplemente recogió del suelo.


El artículo es un ejemplo perfecto de la mirada condescendiente y racializada de la prensa de la época. El periodista utiliza un tono paternalista, llamándola "gitanilla" y resaltando su "salerosa cara" o su "gracia", restándole agencia política a sus actos. Se intenta convertir un proceso judicial serio en una "crónica de costumbres", despojando a Catalina de su dignidad como sujeto de derecho para convertirla en un personaje folclórico.

A pesar del tono burlón del cronista, la voz de Catalina emerge con una fuerza arrolladora. Sus respuestas al juez ("¿Cómo si no lo supiera usté?") y su negativa rotunda a casarse por imposición demuestran una **autonomía personal** que desafiaba tanto al sistema judicial militar como a las estructuras patriarcales de su propio entorno.

Catalina no se dejó intimidar por el "aparato del acto". Su lenguaje directo y su negativa a someterse al protocolo rígido del juicio muestran una forma de resistencia cultural y de clase.

En un momento de máxima vulnerabilidad, Catalina utilizó el estrado para gritar su independencia: "¡Que no me iba a casar con ese!". En un mundo que decidía por ella, su "no" fue un acto de soberanía sobre su propio cuerpo y destino.

Su caso nos recuerda cómo el sistema legal ha operado históricamente de forma diferenciada sobre las mujeres racializadas, convirtiendo sus vidas en espectáculos o "curiosidades" bibliográficas.


Hoy reivindicamos a las Catalinas de nuestra historia: mujeres que, sin títulos ni grandes discursos teóricos, ejercieron una resistencia cotidiana, feroz y necesaria. Su "gracia" no era entretenimiento para el lector de 1934; era la armadura de una mujer que se negó a ser silenciada.

Transcripción literal :

### CONSEJO DE GUERRA CONTRA UNA GITANILLA ACUSADA DE COMPLICIDAD EN LOS PASADOS SUCESOS SEDICIOSOS


**“¿Y NO PODRÍA SÉ MENOS, SEÑÓ JUÉ?”**


La gitanilla tendrá gracia, pero los hechos, no. El caso es que con su salerosísima cara y sus diez y siete años, Catalina Junquera, “La Juncá”, llevaba, durante los pasados días revolucionarios en Sevilla, una pistola escondida en el pecho, dispuesta a dar el “¿quién vive?” y a prestar servicio a Antonio Torres Mesa, por quien parece que Catalina ha pasado más de una noche en vela. El procedimiento tenía la virtud de sacar de dudas a los guardias, cuando después de haber hecho limpia por los contornos, empezaban a sonar tiros en cada esquina. El caso es que a Catalina se le cogió “el cacharro”, y su consecuencia, tras descansar su pajolera gracia en un calabozo de la cárcel sevillana durante dos meses, ha comparecido ante un Consejo de guerra.


No se ha afligido poco ni mucho la procesada por la solemnidad y el aparato del acto. Tras la lectura del apuntamiento acogió con mucha sorpresa que el presidente le preguntara las generales de la ley:


—¿Cómo se llama la procesada?


—¡Vaya! ¿Como si no lo supiera usté!...


—¡Diga la procesada su nombre!


—¡Pero, don Jué, si lo ha leío ya eses hombre tres veces y lo ha oído usté!... Ahora, que si es capricho... ¿se creía usté que lo iba yo a negá?... Catalina Junquera y Valencia, “La Juncá”...


Ha sido, desde luego, lo único en que la gitanilla ha estado de acuerdo con el apuntamiento. Por lo demás, ni era suya la pistola—¡pero señó, una monita pobre, pero honrá, porque una lo é, y si no que lo diga tó er barrio, ¿pa qué iba a queré eso?—ni ella ha visto una vez siquiera al Antonio Torres Mesa—¡Torres ha dicho usté? Antonio er Modoso se ha llamado siempre...—ni tiene que ver con revoluciones ni tales perejiles. El que le cogió la pistola era un “mal pensao”, porque ella se la encontró en el suelo y no iba a dejarla allí, que argo había de valé, mal vendía, y todo lo demás eran dimes y diretes...


A pesar de que la gitanilla se puso en cruz, el Tribunal se fió más de los “civiles” y la condenó a cuatro meses y un día de arresto mayor, aunque abonándole los dos meses que lleva en prisión.


—¿Tiene usted algo que alegar?


—Misté, don Jué; muchos días me parece que ha puesto usté en los papeles. Si podía rascarle un mesecito, que quería su perió...


—Bueno, si no tiene nada que alegar la procesada, se da por terminado el juicio.


—¡Y pa qué vía grazná má, si esto lo tenían ustés preparao!


La madre de Catalina impetró también por su “chiquitiya”, cuando la sacaban de la Sala:


—¡Señó Jué, que no lo hará má!


—No puede ser, mujer; no puede ser.


—Ah, ¿no? Lo que no pué sé es resusitá muertos... Ni que tú hayás jecho reí a un niño chico... ¡barba de cabargata, que te va a arquilá “el Ataneo” pa los Reyes Mago!...


---


**Pies de foto:**


*(Izquierda)*

La gitanilla Juquera, “La Juncá”, la gitanilla de diez y siete años a la que la Guardia civil encontró una pistola durante los pasados sucesos sediciosos en Sevilla. La procesada acaba de escuchar la relación de hechos del fiscal. “Digo, ¿tendrá valé?”


*(Centro)*

Catalina Junquera compareció ante el Tribunal con su pañolillo de talle y flores en el pelo. Donde lo hay, se luce...


*(Derecha)*

El defensor, don Modesto Carballo, que abogó por la procesada Catalina Junquera. (Fotos Gonsanhi)


#MesDeLa Mujer #HistoriaFeminista #JusticiaYGenero 

#Resistencia

martes, 10 de marzo de 2026

La mujer gitana, la lucha de nuestros antepasados

 



En este mes de la mujer, no podemos analizar la historia sin aplicar una lente interseccional. La fotografía de Juan Guerrero (1976, en una romería de Tarifa, Cádiz) cobra una dimensión aún más profunda cuando entendemos que, en la persecución al Pueblo Gitano, las mujeres sufrieron una violencia específica y agravada. El fotógrafo aprovechó un momento de oración de esta mujer gitana mientras se encontraba apoyada contra una pared de piedra, bajo la intensa luz del sol de Cádiz, lo que permitió que la sombra de un agente que se encontraba cerca, se proyectara de forma nítida y dramática justo al lado de ella.


Me fascinó ver esta composición.  La sombra del guardia civil no solo proyectaba la representación de la vigilancia, sino un control férreo sobre el cuerpo y la moral de la mujer gitana, quien encarnaba el último bastión de resistencia de nuestra cultura.


Recordemos  que desde la Cartilla del Guardia Civil de 1844, se institucionalizó una "escrupulosa vigilancia" sobre los gitanos para "cortar de raíz sus costumbres". Este marco legal criminalizó la identidad una vez más y convirtió el modo de vida en un objetivo policial, legitimó el estigma que creó un continuum de exclusión que el franquismo heredó y endureció, utilizando al cuerpo como agente disciplinador de lo que consideraban "conductas asociales".


Históricamente, la represión contra la mujer gitana no buscaba solo la detención, sino el castigo ejemplarizante mediante penas de vergüenza pública y la humillación. Los castigos a menudo incluían el rapado de cabello (una marca de deshonor profunda en nuestra cultura) y la exposición pública. A la mujer gitana se la juzgaba doblemente: por su identidad étnica y por sus supuestas "faltas" a la moralidad femenina impuesta por el Estado. La Ley de Vagos y Maleantes de la II República  y, posteriormente, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social durante el franquismo, se cebaron con ellas bajo el estigma de la "prostitución" o el "desorden", cuando muchas veces solo ejercían la venta ambulante o el cuidado de los suyos.


Como señala Teresa San Román (La diferencia inquietante), la mujer ha sido el objetivo prioritario de las políticas de asimilación forzada. Se buscaba "civilizar" a la familia a través de la sumisión de la mujer, utilizando a la Guardia Civil como el ejecutor de una vigilancia doméstica constante.


"La represión histórica hacia la mujer gitana no fue solo punitiva, fue una pedagogía del terror que utilizaba la vergüenza pública para quebrar la cohesión del Pueblo Gitano."


La inscripción que ves en la esquina inferior (que parece decir "Sam" o similar) suele ser una **marca de distribución o de agencia** de la época, o incluso un sello de algún archivo digital que la ha indexado. Sin embargo, en los registros de fotoperiodismo español de los años 70, la imagen está catalogada unánimemente como obra de **Joan Guerrero Luque**.


Catálogos de exposiciones:** La revista y monografía **"Al Qantir" (Monografías y Documentos sobre la Historia de Tarifa)**, específicamente el número 25 publicado en 2020, dedica un estudio profundo a su figura bajo el título *"Juan Guerrero no oculta la miseria que vivió en Tarifa"*, escrito por Wenceslao Segura González. En este tipo de documentos históricos locales se identifica esta imagen como parte de su legado en su ciudad natal.


lunes, 26 de enero de 2026

Cuando el silencio se transforma en palabras

Preciosa entrevista de Luana, gracias compañera por tu valiosa labor. Un abrazo grande.

https://www.spreaker.com/episode/cuando-el-silencio-se-transforma-en-palabras-entrevista-con-sefora-vargas-martin--69556155 


Tus manos dan asco y vergüenza...no te da vergüenza pedir trabajo así? Le dijo una trabajadora social a una madre gitana de 5 hijos




Resulta repulsivo, observar cómo ciertos sectores de la administración pública —aquellos que deberían ser el baluarte de los derechos humanos— confunden la asistencia social con el tribunal de la inquisición estética.


Recientemente, una madre gitana, con la dignidad que solo otorga el trabajo y la crianza de cinco hijos, se acercó a los Servicios Sociales ( no voy a decir el sitio) en busca de un derecho, no de una limosna. Se encontró, sin embargo, con una "profesional" cuya miopía ética le impidió ver a la persona, para centrarse en sus manos. Manos que, según el criterio de esta trabajadora, "daban asco y vergüenza" para solicitar un empleo.


Desde un rigor estrictamente jurídico, conviene recordar a quienes ostentan la condición de empleados públicos que:


El Principio de Igualdad y No Discriminación (art. 14 de la Constitución Española y la Ley 15/2022) no es una sugerencia decorativa. El trato vejatorio por origen étnico o condición socioeconómica (aporofobia) es una infracción grave que acarrea responsabilidad administrativa y, en ciertos casos, penal.La Ética Profesional del Trabajo Social exige el respeto incondicional a la dignidad de la persona. Humillar a quien se encuentra en situación de vulnerabilidad no es solo una falta de educación; es una patología institucional.


Miren estas manos...Son manos que han lavado, que han acunado, que han buscado el sustento donde otros no se atreverían a mirar. Son manos que conocen el esfuerzo, no la desidia de un escritorio.


Dice mucho de nuestra sociedad que una trabajadora social considere "sucio" el rastro del trabajo humilde, pero le parezca "limpio" el acto de escupir prejuicios racistas sobre quien viene a pedir auxilio. La verdadera suciedad no está bajo las uñas de esta madre; está en el sesgo aporofóbico de quien, desde una posición de poder, decide que la pobreza es un defecto moral y no una circunstancia social.


Es irónico que quienes deben gestionar la inclusión sean los primeros en ejercer la exclusión más violenta: la psicológica. A esta madre le digo: tus manos son el mapa de tu resistencia. A la administración le digo: la humildad no es un delito, pero el trato vejatorio y la aporofobia sí.