martes, 10 de marzo de 2026

La mujer gitana, la lucha de nuestros antepasados

 



En este mes de la mujer, no podemos analizar la historia sin aplicar una lente interseccional. La fotografía de Juan Guerrero (1976, en una romería de Tarifa, Cádiz) cobra una dimensión aún más profunda cuando entendemos que, en la persecución al Pueblo Gitano, las mujeres sufrieron una violencia específica y agravada. El fotógrafo aprovechó un momento de oración de esta mujer gitana mientras se encontraba apoyada contra una pared de piedra, bajo la intensa luz del sol de Cádiz, lo que permitió que la sombra de un agente que se encontraba cerca, se proyectara de forma nítida y dramática justo al lado de ella.


Me fascinó ver esta composición.  La sombra del guardia civil no solo proyectaba la representación de la vigilancia, sino un control férreo sobre el cuerpo y la moral de la mujer gitana, quien encarnaba el último bastión de resistencia de nuestra cultura.


Recordemos  que desde la Cartilla del Guardia Civil de 1844, se institucionalizó una "escrupulosa vigilancia" sobre los gitanos para "cortar de raíz sus costumbres". Este marco legal criminalizó la identidad una vez más y convirtió el modo de vida en un objetivo policial, legitimó el estigma que creó un continuum de exclusión que el franquismo heredó y endureció, utilizando al cuerpo como agente disciplinador de lo que consideraban "conductas asociales".


Históricamente, la represión contra la mujer gitana no buscaba solo la detención, sino el castigo ejemplarizante mediante penas de vergüenza pública y la humillación. Los castigos a menudo incluían el rapado de cabello (una marca de deshonor profunda en nuestra cultura) y la exposición pública. A la mujer gitana se la juzgaba doblemente: por su identidad étnica y por sus supuestas "faltas" a la moralidad femenina impuesta por el Estado. La Ley de Vagos y Maleantes de la II República  y, posteriormente, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social durante el franquismo, se cebaron con ellas bajo el estigma de la "prostitución" o el "desorden", cuando muchas veces solo ejercían la venta ambulante o el cuidado de los suyos.


Como señala Teresa San Román (La diferencia inquietante), la mujer ha sido el objetivo prioritario de las políticas de asimilación forzada. Se buscaba "civilizar" a la familia a través de la sumisión de la mujer, utilizando a la Guardia Civil como el ejecutor de una vigilancia doméstica constante.


"La represión histórica hacia la mujer gitana no fue solo punitiva, fue una pedagogía del terror que utilizaba la vergüenza pública para quebrar la cohesión del Pueblo Gitano."


La inscripción que ves en la esquina inferior (que parece decir "Sam" o similar) suele ser una **marca de distribución o de agencia** de la época, o incluso un sello de algún archivo digital que la ha indexado. Sin embargo, en los registros de fotoperiodismo español de los años 70, la imagen está catalogada unánimemente como obra de **Joan Guerrero Luque**.


Catálogos de exposiciones:** La revista y monografía **"Al Qantir" (Monografías y Documentos sobre la Historia de Tarifa)**, específicamente el número 25 publicado en 2020, dedica un estudio profundo a su figura bajo el título *"Juan Guerrero no oculta la miseria que vivió en Tarifa"*, escrito por Wenceslao Segura González. En este tipo de documentos históricos locales se identifica esta imagen como parte de su legado en su ciudad natal.


lunes, 26 de enero de 2026

Cuando el silencio se transforma en palabras

Preciosa entrevista de Luana, gracias compañera por tu valiosa labor. Un abrazo grande.

https://www.spreaker.com/episode/cuando-el-silencio-se-transforma-en-palabras-entrevista-con-sefora-vargas-martin--69556155 


Tus manos dan asco y vergüenza...no te da vergüenza pedir trabajo así? Le dijo una trabajadora social a una madre gitana de 5 hijos




Resulta repulsivo, observar cómo ciertos sectores de la administración pública —aquellos que deberían ser el baluarte de los derechos humanos— confunden la asistencia social con el tribunal de la inquisición estética.


Recientemente, una madre gitana, con la dignidad que solo otorga el trabajo y la crianza de cinco hijos, se acercó a los Servicios Sociales ( no voy a decir el sitio) en busca de un derecho, no de una limosna. Se encontró, sin embargo, con una "profesional" cuya miopía ética le impidió ver a la persona, para centrarse en sus manos. Manos que, según el criterio de esta trabajadora, "daban asco y vergüenza" para solicitar un empleo.


Desde un rigor estrictamente jurídico, conviene recordar a quienes ostentan la condición de empleados públicos que:


El Principio de Igualdad y No Discriminación (art. 14 de la Constitución Española y la Ley 15/2022) no es una sugerencia decorativa. El trato vejatorio por origen étnico o condición socioeconómica (aporofobia) es una infracción grave que acarrea responsabilidad administrativa y, en ciertos casos, penal.La Ética Profesional del Trabajo Social exige el respeto incondicional a la dignidad de la persona. Humillar a quien se encuentra en situación de vulnerabilidad no es solo una falta de educación; es una patología institucional.


Miren estas manos...Son manos que han lavado, que han acunado, que han buscado el sustento donde otros no se atreverían a mirar. Son manos que conocen el esfuerzo, no la desidia de un escritorio.


Dice mucho de nuestra sociedad que una trabajadora social considere "sucio" el rastro del trabajo humilde, pero le parezca "limpio" el acto de escupir prejuicios racistas sobre quien viene a pedir auxilio. La verdadera suciedad no está bajo las uñas de esta madre; está en el sesgo aporofóbico de quien, desde una posición de poder, decide que la pobreza es un defecto moral y no una circunstancia social.


Es irónico que quienes deben gestionar la inclusión sean los primeros en ejercer la exclusión más violenta: la psicológica. A esta madre le digo: tus manos son el mapa de tu resistencia. A la administración le digo: la humildad no es un delito, pero el trato vejatorio y la aporofobia sí.