Resulta repulsivo, observar cómo ciertos sectores de la administración pública —aquellos que deberían ser el baluarte de los derechos humanos— confunden la asistencia social con el tribunal de la inquisición estética.
Recientemente, una madre gitana, con la dignidad que solo otorga el trabajo y la crianza de cinco hijos, se acercó a los Servicios Sociales ( no voy a decir el sitio) en busca de un derecho, no de una limosna. Se encontró, sin embargo, con una "profesional" cuya miopía ética le impidió ver a la persona, para centrarse en sus manos. Manos que, según el criterio de esta trabajadora, "daban asco y vergüenza" para solicitar un empleo.
Desde un rigor estrictamente jurídico, conviene recordar a quienes ostentan la condición de empleados públicos que:
El Principio de Igualdad y No Discriminación (art. 14 de la Constitución Española y la Ley 15/2022) no es una sugerencia decorativa. El trato vejatorio por origen étnico o condición socioeconómica (aporofobia) es una infracción grave que acarrea responsabilidad administrativa y, en ciertos casos, penal.La Ética Profesional del Trabajo Social exige el respeto incondicional a la dignidad de la persona. Humillar a quien se encuentra en situación de vulnerabilidad no es solo una falta de educación; es una patología institucional.
Miren estas manos...Son manos que han lavado, que han acunado, que han buscado el sustento donde otros no se atreverían a mirar. Son manos que conocen el esfuerzo, no la desidia de un escritorio.
Dice mucho de nuestra sociedad que una trabajadora social considere "sucio" el rastro del trabajo humilde, pero le parezca "limpio" el acto de escupir prejuicios racistas sobre quien viene a pedir auxilio. La verdadera suciedad no está bajo las uñas de esta madre; está en el sesgo aporofóbico de quien, desde una posición de poder, decide que la pobreza es un defecto moral y no una circunstancia social.
Es irónico que quienes deben gestionar la inclusión sean los primeros en ejercer la exclusión más violenta: la psicológica. A esta madre le digo: tus manos son el mapa de tu resistencia. A la administración le digo: la humildad no es un delito, pero el trato vejatorio y la aporofobia sí.

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